Recuerdo exactamente el patio de la casa de mis padres, con ese jardín, árboles y arbustos; era el espacio perfecto para tardes y noches de interminables juegos escondidas, atrapadas y un sin fin de aventuras. Mi madre que lamentablemente había sufrido la pérdida de dos de mis hermanos, abortos en realidad, desarrolló el gusto por las historias paranormales; sin duda algo que marcó mi infancia. Sin embargo esta historia le sucedió a Roberto mi hermano; jugábamos a las escondidas sin pensar en nada más que en ¡Ganarle a los niños una ronda más de haberlos encontrado!
-¡Tía tía, quítame de la espalda este niño, no dejes que se me cuelgue!- gritó Roberto
-¡Deja de decir sandeces niño, no tienes nada!- lo regañó mi mamá.
-Pero de verdad mami, se me colgó cuando estaba ahí escondido- señalando los arbustos.
Mi mamá al ver el lugar que le señalaba Roberto gritó reprendiendo a alguien
-¡Deja ya de molestar si quieres jugar Bessth, o no te dejaré dulces hoy!
Nunca supe si le gritaba al duende que vive en casa, o a las almas de aquellos no natos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario